Se fue a España de adolescente, volvió tras 20 años y cuenta por qué elige Argentina: “Esta vez fui yo quien decidió”

Se fue a España de adolescente, volvió tras 20 años y cuenta por qué elige Argentina: “Esta vez fui yo quien decidió”

¿Por qué volviste a la Argentina después de veintitrés años? le suelen preguntar a Gonzalo. No fue necesariamente por nostalgia, tampoco siente que un país sea mejor que el otro. Su regreso de España encierra un origen más profundo.

Todo comenzó en 2002, cuando tenía 18 años. En ese momento estudiaba dirección de cine y TV y, como todo chico a esa edad, tenía sus amistades del colegio, barrio y los nuevos que estaba haciendo su diplomatura. Sus padres, por otro lado, tenían una productora de video de gran envergadura para la cual él trabajaba.

Su padre siempre había fantaseado con emigrar, pero lo que terminó inclinando la balanza fueron distintos hechos de inseguridad: robos e incluso un secuestro. En un comienzo, Gonzalo Castro no tenía ganas de irse, en Argentina estaba muy bien, pero aún era muy joven y siguió la decisión familiar, apoyada por el hecho de tener familia en España y contar con los pasaportes de dicha tierra.

“En Argentina estaban bien a nivel económico. Mis padres vendieron la empresa a un amigo con la idea de utilizar ese dinero para montar exactamente el mismo negocio en España. Además, teníamos dos casas que quedaron a cargo de unos amigos y esas dos propiedades estaban relacionadas con una tercera que estaba hipotecada por un negocio”, cuenta Gonzalo. “Lamentablemente, la historia de nuestra llegada terminó muy distinta a la que imaginábamos”.

“La empresa nunca nos la terminaron de pagar. Se la quedaron. Mi papá confió, no hizo contratos porque creyó en la palabra de un amigo y esa confianza terminó saliendo muy cara. Nunca pagaron la empresa y la perdimos. Con las casas pasó algo parecido. Las personas que habían quedado viviendo dejaron de pagar, permanecieron como ocupas durante muchos años y eso hizo que también termináramos perdiendo esas propiedades. A todo eso se sumó que, con la intención de emigrar, se malvendieron muchas cosas. Al final pasamos de tener una muy buena posición económica a encontrarnos con un caos económico importante”.

Gonzalo en la actualidad

“Mirándolo con el diario del lunes, emigrar fue una gran decisión y una experiencia que volvería a vivir, pero el costo fue enorme. No solamente perdimos un patrimonio muy importante, sino que además los primeros años en España fueron muy difíciles porque arrancamos prácticamente de cero y con bastantes deudas para poder volver a poner en marcha la misma empresa”.

Emociones contradictorias, dos años para comenzar a adaptarse y la abundancia laboral en Barcelona

Salvo la abuela de su mamá y alguna de sus hermanas, el resto de la familia no estuvo de acuerdo con la decisión de emigrar. Nunca terminaron de entender por qué se habían ido de Argentina. Pero, finalmente, sucedió, y Gonzalo jamás olvidará la sensación al bajar del avión al otro lado del océano, todo se veía distinto, pero, por sobre todo, se respiraba una calma para él desconocida, ya que venía de un país que estaba viviendo un caos tremendo: “Y de golpe llegué a un lugar donde, como suelo decir, parecía que todos los días salía el sol”.

Imagen tomada en Parque Güell, Barcelona: “Y de golpe llegué a un lugar donde, como suelo decir, parecía que todos los días salía el sol”.

Barcelona amaneció tranquila por aquellos tiempos donde no se veían inmigrantes argentinos por doquier. Ante los ojos del joven todo funcionaba y se vivía a un ritmo mucho más lento que en Buenos Aires.

“Mi llegada a España estuvo llena de emociones muy contradictorias”, relata Gonzalo hoy, al recordar aquellos tiempos. “Por un lado había una tristeza enorme por haber dejado todo atrás, y también por la forma en la que nos habíamos ido. Por otro lado, también había una parte mía que abrazaba la idea de estar en otro lugar (creo que esto ni siquiera lo pude reconocer hasta ahora). Sobre todo después de todo lo que había vivido mi familia con la inseguridad y las ganas de conocer más del mundo. Pero esa ilusión quedó completamente tapada por el dolor del cambio. Recién con el paso de los años esa parte empezó a aparecer”. reconoce.

“Además, la España de 2002 no tiene absolutamente nada que ver con la España de hoy. Hoy encontrás argentinos por todos lados. Encontrás carne argentina, podés hacer un asado, comprás yerba, dulce de leche o cualquier producto argentino en un supermercado. Hay una inmigración enorme y eso hace que uno nunca termine de sentirse tan lejos. Tampoco existía la tecnología que hoy hace muchísimo más fácil emigrar”.

“Otra de las cosas que más me sorprendió fue el trabajo. En aquella época sobraba trabajo. Existía el INEM, que era la oficina pública de empleo. Vos ibas, te anotabas, dejabas un teléfono y empezaban a llamarte constantemente. También era una España muy distinta desde el punto de vista económico. Los salarios eran prácticamente el doble de los actuales. Una persona joven, incluso sin experiencia, podía cobrar alrededor de 2 mil euros. Todo eso reforzaba esa sensación de estabilidad”.

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“Cuando me preguntan cuál es la mayor diferencia entre España y Argentina, digo lo mismo: la calidad de vida”

A pesar de estar rodeado de familia española, durante los primeros años, Gonzalo no experimentó una inmersión muy profunda en la cultura española. Lo logró dos años después, cuando comenzó a estudiar informática en un grado superior. Entonces, comenzó a convivir con catalanes y aprender en su idioma. Pero, a pesar de los retos, como argentino, nunca se sintió un extranjero.

“Cuando hoy me preguntan cuál sigue siendo la mayor diferencia entre España y Argentina, sigo respondiendo lo mismo: la calidad de vida”, reflexiona. “Y cuando hablo de calidad de vida no hablo de ganar más dinero. Hablo de la tranquilidad que te da vivir en un país estable. Saber que, probablemente, mañana va a ser parecido a hoy. Que las reglas del juego cambian poco. Que podés planificar dentro de cinco años sin sentir que todo puede cambiar de un día para el otro”, continúa. “Argentina hoy parece haber encontrado algo más de estabilidad que hace unos años, aunque todavía queda mucho camino. En España esa sensación fue durante mucho tiempo parte de la vida cotidiana”.

Gonzalo recorrió varios países, siempre llevando las costumbres argentinas.

“Cuando la gente en Argentina piensa en emigrar, muchas veces imagina que afuera va a ganar mucho más dinero y que todos los problemas económicos desaparecen. Yo hoy no creo que sea así. De hecho, creo que hoy prácticamente no existe un lugar en el mundo donde una persona llegue, consiga un trabajo normal y haga una gran diferencia económica solamente por haberse ido. Europa también cambió muchísimo. Hay una crisis de vivienda muy fuerte, los alquileres son muy altos y eso hace que, aunque tengas un salario que desde Argentina parece muy bueno, la realidad sea otra cuando empezás a pagar el alquiler, los servicios y el costo de vida”.

“En cuanto a la calidad humana, nunca me gusta hablar de mejor o peor. Creo que simplemente son maneras distintas de relacionarse. El catalán, por lo menos desde mi experiencia, suele ser una persona bastante más reservada. Cuida mucho su círculo de confianza y no abre la puerta de su vida tan rápido como hacemos nosotros. En Argentina somos mucho más espontáneos y emocionalmente mucho más intensos. En Cataluña las relaciones suelen construirse de otra manera. Primero aparece el respeto, después la confianza y recién con el tiempo, cuando realmente entrás en ese círculo, empezás a conocer una parte más personal de esa persona”.

Gonzalo junto a su pareja, Carla.

“Yo tuve la suerte de que nunca dependí únicamente de ese entorno porque siempre estuve rodeado de argentinos. Más adelante incluso fundé un club de fútbol en Barcelona (labomboneradebarcelona.es) y gracias a eso conocí personas de todas partes del mundo. Y con los años dejé de comparar constantemente qué país era mejor. Creo que ninguno lo es. Argentina tiene cosas maravillosas que España nunca va a tener, y España tiene cosas que Argentina todavía no logró construir. Lo interesante es que cuando vivís tanto tiempo en otro lugar empezás a entender que existen muchas maneras de vivir bien. Y creo que ahí aparece el mayor reto de emigrar”.

Volver a Argentina para sanar: “Esta vez fui yo quien decidió”

`¿Y por qué volviste?´. La pregunta regresa una y otra vez, a Gonzalo le cuesta responderla, para ello, es necesario conocer su historia. Para el argentino, había algo dentro de él que necesitaba regresar y sanar. Una vez, en 2004, dos años después de dejar Argentina, él volvió solo con la intención de probar qué sentía. En Barcelona ya tenía su trabajo, una vida, pero se regaló unos meses en su lugar de origen y pensó que se iba a quedar. Sucedió exactamente lo contrario. Se dio cuenta de que ya había cruzado esa línea de la que no se vuelve atrás. Gonzalo ya no sabía muy bien de dónde era. Argentina seguía siendo su casa, sus amigos seguían estando, pero al mismo tiempo sentía que su vida ya estaba en Barcelona. Entonces regresó a España.

Pero, tras veintitrés años, este regresar a vivir a la Argentina es diferente. Hoy, Gonzalo comprende que nunca terminó de soltar del todo a su país de crianza: “Creo que tiene que ver con la forma en la que me fui. No porque nos hubiéramos ido corriendo, porque en realidad fue una decisión planificada, pero sí porque yo tenía 18 años y nunca terminé de tomar esa decisión por mí mismo. Simplemente acompañé una decisión familiar y seguí el camino que tocaba”.

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El día del regreso

“Volví justamente a eso. A sanar. A reencontrarme con una parte mía que nunca había terminado de cerrar. Vine a ver qué encontraba y también a descubrir si realmente podía volver a vivir en Argentina. Lógicamente, los primeros meses fueron duros. Después de más de dos décadas tuve que cambiar toda mi vida otra vez. Vendí prácticamente todo lo que tenía en Barcelona, dejé mi casa, volví a empezar sin un lugar fijo donde vivir y alquilé un Airbnb mientras veía cómo reorganizaba mi vida. Eso también fue otro duelo. Pero al mismo tiempo apareció una sensación muy fuerte de sanación”, confiesa.

“Volver a caminar por las calles donde crecí, volver a recorrer mis barrios, tomar los mismos colectivos que, en muchos casos, parecen los mismos de hace veinte años, fue una sensación muy difícil de explicar. Al mismo tiempo veía una Buenos Aires mucho más moderna de la que recordaba y eso también me sorprendió para bien”, continúa. “A mí siempre me gustó muchísimo Buenos Aires. Me encanta ir al teatro, caminar por la calle Corrientes, ir al cine, moverme en subte y simplemente caminar la ciudad. Volver a hacer todas esas cosas fue una alegría enorme. Era como si esa alegría fuera tapando, poco a poco, la tristeza que también implicaba haber vuelto a cambiar de vida. Los dos sentimientos convivían todo el tiempo”.

Junto a su pareja, Carla, Gonzalo sueña recorrer toda Argentina y el mundo.

“Y creo que ahí aparece otra diferencia muy importante respecto a cuando emigré. A los 18 años la decisión no había sido completamente mía. Esta vez sí. Esta vez fui yo quien decidió volver. Y eso cambia muchísimo la manera en la que uno vive el proceso. Siento que este regreso marcó otro punto cero en mi vida. Es como volver a elegir quién quiero ser y dónde quiero vivir”.

“Creo que emigrar es una experiencia muy difícil. De un día para el otro llegás a un lugar donde no sos nadie. Donde no pertenecés, donde tenés que empezar a construir tu lugar desde cero, conocer gente, entender otra cultura y aprender una forma diferente de vivir. Siempre les digo a mis amigos que hacen falta dos o tres años para empezar a entender realmente todo lo que te está pasando. Una de las cosas más importantes que aprendí es que muchas veces creemos que el lugar donde nacimos es el único mundo que existe. Y cuando emigrás entendés que el mundo es enorme, que hay muchísimas maneras de vivir, muchísimas culturas distintas y muchísimas formas diferentes de entender la vida”.

“Aunque a mí me haya tocado emigrar, a otra persona quizás le tocó atravesar la pérdida de un ser querido, crecer sin sus padres, enfrentar una enfermedad o cualquier otra experiencia difícil. Cada uno tiene su propia historia. Lo importante no es qué te pasó, sino qué hacés con eso que te pasó. Para mí, el aprendizaje está en tratar de entender el significado de las cosas que vivimos, ver cómo nos marcaron, aceptar las heridas que dejaron y tratar de transformar todo eso en algo positivo. Y cuando algo fue negativo, intentar aprender para no repetirlo”.

“También aprendí algo que antes no sabía. Aprendí que Buenos Aires es mi hogar. Pero Barcelona también es mi hogar. No de la misma manera, pero sí como un segundo hogar. Creo que hoy ya no intento elegir cuál es el mejor lugar para vivir. Intento vivir donde me sienta bien. Aprendí a convivir con esa dualidad. Ya no quiero solamente a un país; quiero cosas de los dos. Hay momentos en los que extraño la espontaneidad, la calidez y la intensidad argentina, y otros en los que extraño la tranquilidad, el orden y la estabilidad que tenía en España. Porque aunque algún día regreses a vivir a tu país, ya no sos exactamente la misma persona que se fue. Siempre digo que el día que emigrás cruzás una línea de la que ya no volvés”, concluye.

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