Rafael Di Tella, economista y profesor en la Escuela de Negocios de Harvard, fue durante años uno de los académicos que anticipaba que el ajuste fiscal del gobierno de Javier Milei terminaría en una recesión “bestial” para bajar la inflación. Hoy admite que se equivocó. La desinflación fue mucho más rápida de lo que él y buena parte de la profesión esperaban, y atribuye el resultado a que Milei logró romper en pocos meses lo que llama la “dominancia fiscal” argentina.
En diálogo con LA NACION, Di Tella —que se define como “una palomita” moderada, ajena al mileísmo— repasa por qué el programa económico lo sorprendió, qué le sigue incomodando del Gobierno y por qué considera que el kirchnerismo y el progresismo argentino no tienen equivalente en la región. Los describe como una “manga de chantas” que disfraza de causas nobles el objetivo de financiar el déficit a costa de los más pobres.
–¿Cómo ve la situación económica en la Argentina?
–Bien, es un programa económico al que le va sorprendentemente bien. Todos los que predecíamos peores resultados fuimos llevados a la humildad. Así que estamos manteniendo la autoestima con todo lo que se pueda, pero aceptando que le está yendo muy bien.
–¿Por qué dice sorprendentemente bien?
–Porque todos creíamos que un programa muy ortodoxo, muy duro, sin medidas heterodoxas para ayudar a bajar la inercia inflacionaria iba a necesitar una recesión bestial para bajar la inflación y no fue así, todo lo contrario. Está la idea de que fueron conservadores fiscales, que apretaron la parte fiscal de una manera muy efectiva y muy rápida, muy bruta con los jubilados, pero que hicieron un ajuste fiscal en un tiempo que fue sorprendente. Está demostrado que nadie creía que podían revertir la situación fiscal en pocos meses; en menos de un mes, fue una cosa insólita lo que hicieron. Eso les dio unos dividendos muy fuertes, mucho más de lo que creíamos, porque está relacionado con esta otra dimensión del problema que tiene que ver con la dominancia fiscal. La Argentina había entrado en dominancia fiscal. Y eso es lo que quebró Milei. Y eso le dio una cantidad de dividendos que nuestra profesión todavía tiene que entender.
–¿Cree que el país tiene ahora una gran oportunidad para dejar atrás los ciclos económicos negativos?
–Yo soy menos optimista que mucha gente. No creo que estemos del otro lado; falta pasar las elecciones y el riesgo político siempre es muy grande y, a medida que los progresistas argentinos sean de muy mala calidad, siempre va a estar el riesgo de reversión y entonces, mientras que esté el riesgo de reversión, no va a haber una reactivación muy grande por razones obvias.
–¿La reforma de la carta orgánica del Banco Central puede blindar a la Argentina de un cambio de gobierno?
–No creo en esas cosas, porque no termino de entender los detalles de la reforma del Banco Central. Hay una interpretación de que la reforma es para darle independencia al Banco Central. Ahí yo ya no estoy tan de acuerdo. Si es para mejorar la calidad del Banco Central y la calidad del Indec, siempre mejor es mejor. Pero la independencia del Banco Central no es tan obvio que sea buena, sobre todo en un programa que está basado en la ruptura de la dominancia fiscal. Uno lo que quiere en una situación como la de la Argentina es que la parte de la dominancia fiscal, una vez que se rompió, sea la que ancla las expectativas. Por eso no creo que sea bueno meter una nueva fuente de autoridad cuando la autoridad política es tan conservadora. El Gobierno puede blindar la economía del escenario electoral, pero no me parece que sea con estas ideas de independencia del Banco Central. Me parece que la forma de hacerlo es reafirmar la parte fiscal, en la medida en que tengamos estos progresistas que son desfachatados fiscales. Tipos como [el gobernador de Buenos Aires, Axel] Kicillof no son conservadores fiscales, no entienden esa parte. El seudoprogresismo argentino se abraza a causas nobles para producir déficits fiscales muy grandes que después monetizan estafando a los más pobres. Es un progresismo un poquito raro. En la medida en que la alternativa a Milei sea un progresismo trucho como este, sigue habiendo ese riesgo fiscal inherente.
–¿Qué opina de propuestas como el shutdown (apagón) del Estado si se excede el presupuesto fiscal? ¿O alternativas como tienen Perú, Chile y Paraguay?
–La ventaja que tienen Chile, Perú u otros países es que no tienen estos dementes fiscales. Si tenemos un tipo en el progresismo que es serio o al menos sabe sumar, es más fácil. Hay gente que no es mileísta que dice cosas sensatas, como Juan Schiaretti, Horacio Rodríguez Larreta o Florencio Randazzo. Les he escuchado declaraciones prudentes, donde entienden que tiene que ser dentro de un contexto fiscal razonable, porque si no termina destrozando sus propios objetivos. Ese discurso ayuda a la estabilización del perfil fiscal futuro mucho más que instituciones. Los argentinos tenemos un training infinito en destruir instituciones; somos el Messi de la destrucción de instituciones, así que no creo en esta idea de que se va a suplantar el sentido común y el razonamiento aritmético básico con estas instituciones que te van a resguardar de los locos. No, los populistas muy locos nos terminan metiendo en problemas.
–¿Es optimista sobre el futuro económico?
–Yo soy optimista, pero creo que todavía hay un riesgo grande. Es notable lo alta que es la aprobación de Milei todavía, con todos los problemas que tienen estos programas de estabilización. Mantiene un 30% de aprobación; es razonable, sigue siendo más que otros candidatos. Así que todavía tengo optimismo, pero me parece que es temprano. Hasta que no haya una alternativa razonable, progresista, seria, yo creo que mucha gente va a seguir votándolo y apoyando a Milei, en vez de buscarle el pelo al huevo. O por lo menos yo voy a seguir apoyando a Milei hasta que aparezca algo razonable del otro lado. Por ahora no hay nada.
–¿Qué le hace ruido del Gobierno?
–Yo no soy un mileísta. Al principio predije que era una forma brutal de bajar la inflación, que había formas mejores. Yo soy más heterodoxo. Creo que había espacio para hacer cosas más sensatas con la inercia inflacionaria. No estoy de acuerdo con la dolarización. No estoy de acuerdo con dinamitar el Banco Central. No es mi instinto insultar a los opositores, aunque a veces me agarro calenturas; soy un ser humano, pero mi instinto es tratar de explicar por qué lo que hace Kicillof es una traición a los más pobres. Me parece más lógico que tengamos una conversación seria sobre eso que decir cosas feas de él. Otra cosa que no me gusta del Gobierno es que insulte gente; prefiero que explique las cosas que están mal de los opositores a que los agreda. El Presidente tiene un rol institucional muy grande, tiene mucho poder, así que siempre me da un poco de miedo cuando insulta a los periodistas.
–¿Hay forma de ayudar a que la transición hacia otro modelo económico no golpee tanto al empleo?
–Además de eso, los argentinos le estamos sumando una estabilización, donde lo normal sería esperar que hubiéramos estado peor que como estamos, dado el desajuste descomunal que dejaron Sergio Massa y compañía. Es verdad que además nos pegan esos shocks generales, como la parte estructural de la Argentina, que estamos abriendo la economía y con inversión en algunos. Hay reasignación de recursos. Así que eso también genera ruido. Una virtud que tiene el Gobierno es que, si bien anunció que íbamos a inflación cero en dos minutos, tuvo el sentido común de hacerlo más gradual. Estoy gratamente impresionado por lo prácticos que han sido con eso. Porque está bueno tener un poquitito de inflación, o la inflación natural que dan estos reacomodamientos de precios. No se puede ir a inflación cero con los quilombos estructurales que teníamos y la cantidad de ollas a presión que había tapadas, además de los shocks que están llegando, que son bastante generalizados, como la inteligencia artificial.
–¿Le preguntan de afuera por la Argentina?
–Sí, muchísimo. Primero me preguntan por Milei. Les parece rarísimo. Siempre tienen alguna anécdota que alguien les contó o que ellos vieron. Y siempre hacen preguntas, pero cuando ven los cambios, están sorprendidos. Una pregunta que tienen todos es cómo se puede pasar de un populismo tan extremo y rancio en una dirección a esta apertura. No tengo ninguna respuesta para darles, es patético. Mi capacidad de entender mi propio país es bajísima.
–¿No le agarra la curiosidad?
–Sí, la última vez estuve obsesionado con esa furia de Milei, que dice cosas feas; pensé que ocurre porque en el fondo es algo que muchos argentinos demandan. Cuando vos pensás que tenés esos partidos que se llenan la boca con la justicia y dicen ayudar a los más postergados y de repente terminan y los estafan con programas que son,justamente, estafas, como las SIRA [las autorizaciones para importar del gobierno anterior], calentarse es como que le estás dando algo que te está demandando la gente. Hay gente que está harta y quiere romper algo.
–Eso pareciera ser un fenómeno internacional también.
–Pasa en todos lados. En Estados Unidos es parte del mismo fenómeno. En otros países, esa furia viene muy conectada con las redes sociales, con cosas raras, como la polarización. En la Argentina, una cosa que no hemos reflexionado lo suficiente es que los progresistas argentinos son únicos. Son realmente una berretada que no tiene nombre, una manga de chantas que están básicamente queriéndote convencer a vos de que lo mejor que podés hacer es darme platita para mí y para mi bolsillo y lo vamos a disfrazar con alguna causa noble que vamos a bastardear. Es una cosa horrible y eso no es tan usual en el Partido Demócrata en Estados Unidos.
–¿Y por qué se dio esto en la Argentina y no en otros países de América Latina, donde hubo izquierdas más responsables en lo fiscal?
–A la gente le gusta decir que el populismo kirchnerista es parecido al de Lula y es mentira. Nada que ver. Evo Morales tampoco fue así. Me suena que tiene que ver con la crisis de 2001, que fue una gran desilusión para mucha gente y entonces, montado sobre eso, puede ser que haya habido una especie de cosa populista que está en rebeldía contra la aritmética. Y aparte, una cosa que es cierta, que los economistas muchas veces exageran cuánto saben. Y muchos del principio de los 2000 criticaban al kirchnerismo exageradamente, con la pretensión de conocimiento. Muchas veces los economistas nos hacemos los que sabemos más de lo que sabemos.
–¿Se lo criticó exageradamente a Milei también?
–Yo ciertamente me equivoqué. Me confundí con eso. Es que teníamos menos experiencia en episodios donde se rompía la dominancia fiscal de la que había. Yo hablé de eso a tiempo para mandarme la parte un poco, pero la realidad es que no lo tenía tan entendido como se ve que lo entendieron los economistas del Gobierno o Milei mismo.
Con información de:
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