La madre de todas las batallas

La madre de todas las batallas

Es posible, aunque poco probable, que el plan económico fracase por falta de apoyo político el año próximo y se pierda la madre de todas las batallas. Nada está asegurado, como vimos en el Mundial, pues los rivales también juegan.

Suele agitarse esa advertencia para que el Gobierno flexibilice su ortodoxia apuntando a reactivar la economía y mejorar los ingresos populares en los grandes conurbanos para allegar votos. Eso implica, de forma velada, una crítica a las medidas adoptadas desde 2024 que habrían causado impacto negativo tanto en las actividades como en los bolsillos.

Ocurre, sin embargo, que el problema de fondo no son las medidas, sino que estas han expuesto, de forma descarnada, el entretejido de anomalías ocultas bajo el abrigo de un fraseo populista que condujo a la pobreza a la mitad de la población y a la prosperidad de quienes vivían por encima de sus posibilidades, gracias a la inflación. Son estas, y no aquellas, las que deben cambiar.

Reducir el gasto público y abrir la economía son herramientas indispensables para eso, aunque estén consolidadas como sarro en nuestros conductos productivos. Pero es el único camino para recuperar la moneda, el crédito y la competitividad en un contexto de falta de confianza, intereses creados y oposición política, que hacen el tránsito imperfecto. El cambio de precios relativos alineará a la Argentina con las oportunidades y exigencias del mundo, aunque badenes y lomos de burro impidan una transición armoniosa pues no se cuenta con moneda, crédito ni recursos fiscales para oír reclamos y aliviar la travesía.

La principal anomalía que hace crujir todo el andamiaje productivo es la falta de moneda. Los argentinos no ahorran en su propia moneda y eso dificulta el crecimiento de los depósitos bancarios y del crédito para estimular el consumo, la demanda inmobiliaria y expandir el capital de trabajo de las pymes. En la previa a las elecciones de octubre se produjo una crisis de confianza que provocó una fuga al dólar sin precedentes por temor al abandono del plan de estabilización y el repudio a las reformas estructurales. Eso forzó un alza de tasas que enfrió la economía y que explica la lenta recuperación y la morosidad bancaria durante el primer semestre.

Estamos aún lejos del “investment grade” pues, luego de nueve defaults soberanos y dos hiperinflaciones, no bastan tres años de gobierno para borrar ese siniestro prontuario

Detrás de esa anomalía está la falta de productividad como “marca país” que nos destaca, presagio de desajustes fiscales y shocks inflacionarios. La riqueza que se dilapida en burocracias inmensas, los subsidios a fondo perdido, el enorme gasto previsional y quienes destruyen valor operando con regímenes de privilegio o en mercados cautivos. Sobre esa base deformada, nadie podrá financiar el costo de sostener la consigna “por cada necesidad, un derecho” sin irse a pique.

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Solo cuando se perciba que la transformación está asegurada, que las cuentas públicas están equilibradas, que los nuevos creadores de divisas están en marcha, que el Banco Central es, por fin, independiente y que la Justicia funciona, la moneda será demandada, pues no habrá en el horizonte riesgos perceptibles de confiscación inflacionaria. Y la batalla comenzará a ganarse.

Hasta entonces, estará en el aire la reaparición de una “Argentina de siempre”, floja al tiempo de ceder a los intereses creados, a la presión de gobernadores, de cámaras empresarias, de sindicatos militantes, de consejos profesionales, del progresismo retrógrado, de intendentes clientelistas y de expertos en cajas estatales, para volver a cerrar la economía, a regular lo desregulado, a preservar el poder sindical mafioso, a mantener impuestos distorsivos, tasas abusivas y aberrantes costos laborales.

En términos más técnicos, las calificadoras de riesgo como Moody’s, Standard & Poors y Fitch Ratings han elevado la nota de la Argentina al grado B- en atención a la credibilidad de las políticas que sostienen su capacidad de pago. De todos modos, estamos aún lejos del “investment grade” pues, luego de nueve defaults soberanos y dos hiperinflaciones, no bastan tres años de gobierno para borrar ese siniestro prontuario. Aún falta la certeza de que aquellas serán mantenidas más allá de 2027. Por otro lado, la frágil demanda de dinero ha obligado a continuar un “cepo” cambiario parcial, impidiendo que el índice MSCI (focalizado en el sector privado) también nos ascienda y abra la puerta a fondos internacionales para suscribir emisiones de sociedades cotizantes.

Despejar estas dudas es hoy la madre de todas las batallas, pues los enemigos están en todas partes, de buena o de mala fe. Durante décadas, el populismo fomentó un contubernio entre empresarios, sindicalistas y políticos al permitir trasladar a precios el costo de los privilegios concedidos a unos y a otros. Por eso se toleró el exceso de gastos, el negocio de la inflación y la violación de contratos. Ahora se culpa a la apertura y al “dumping” chino, cuando en realidad la producción local carga con una mochila de costos históricos que eran parte de las reglas de juego nacionales y populares.

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La madre de todas las batallas será ganada si las urnas fuerzan un consenso modernizador entre políticos, dirigentes sociales y líderes empresarios cuyos intereses estén alineados con la inserción del país en el mundo, dispuestos a transformar el costo argentino en ventaja argentina: un lugar preferido por los inversores como destino virtuoso para la radicación de nuevas empresas y por los locales, para fortalecer las existentes.

Con información de:

https://www.lanacion.com.ar/

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