“Minga de rodillas”: expone en la Rural el pintor de un cuadro que reflejó un momento muy tenso en el país

“Minga de rodillas”: expone en la Rural el pintor de un cuadro que reflejó un momento muy tenso en el país

Para entender la paleta de colores de Julio Parada Seifert, hay que viajar al pasado, a la textura de los caminos de arena y al agua del río Santa Lucía. Cuando apenas tenía cuatro o cinco años, el trayecto por la ruta 118 —desde Cuatro Bocas hacia Concepción del Yaguareté Corá— era una aventura que se le grabó en la piel. Allí, el cruce del río se hacía en una balsa tirada por caballos, una escena rústica e imborrable. Su infancia y juventud estuvieron profundamente arraigadas en la tierra y el trabajo. En Colonia Carolina, su tío manejaba una explotación intensiva. Era un mundo de aromas fuertes y texturas diversas: plantaciones de arroz, montes de naranjos, forestación, algodón y cuadros de tomate perita y morrón. Desde entonces entendió que aquella paleta de colores vivos se convertirían en una forma de vida.

A 38 kilómetros de allí, una enlatadora de tomates vivió dos años de esplendor antes de quebrar al tercer año, y los obligó a darle la cosecha a los chanchos. Esa fue su primera escuela sobre la crudeza e inestabilidad del trabajo rural.

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“Aprendí a pintar solo. De chico me la pasaba dibujando. Nunca estudié Bellas Artes ni tuve un profesor; fui aprendiendo a fuerza de práctica y de muchas horas de trabajo. Muchos dicen que el óleo es mucho mejor, que tiene mayor intensidad, pero todas las obras generan la misma pregunta: ‘¿Pintás con óleo?’. Y yo digo: ‘No, parece óleo’. Es un tema de estar encima, encima y encima; y oficio. Cuanto más tiempo estás, mejor te salen las cosas», contó. El pintor se encuentra en el stand de Hereford en la Exposición Rural de Palermo.

Con el paso de los años, la vida lo llevó a Buenos Aires. Trabajó en publicidad y colaboró en el campo de su suegra, Inés Guerrero, pero la añoranza por los paisajes correntinos comenzó a pesarle. El verdadero punto de quiebre ocurrió en 2008, durante el histórico conflicto del campo por la resolución 125 de retenciones móviles. Julio tenía otro emprendimiento relacionado con el arte y un día salió a dar una vuelta. Fue en ese estado de frustración y reflexión que tomó una decisión tajante: “Bueno, ahora será momento de ponerse a pintar en serio”. La 125, que generó cuatro meses de movilización de rechazo del campo, fue un momento muy tenso en el país.

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Sin educación artística formal, su maestro fue un libro mal troquelado llamado Titanes de la Pintura, cuya letra no llegaba al milímetro. La gran lección que extrajo de esa lectura microscópica fue la disciplina. “No tengo estudios de arte. El libro reunía a los más grandes pintores de la historia y todos coincidían en lo mismo: había que pintar todos los días cuatro horas para aflojar la mano y después tratar de llegar a ocho. Eso es lo que hago yo, aunque muchas veces termino pintando trece o catorce horas por día”, narró.

Sus inicios mezclan el esfuerzo genuino con una imagen casi cinematográfica. Antes de dominar el acrílico, dibujaba con tinta o birome azul. Cuando su suegra lo desafió a usar colores, consiguió un canje monumental con una fábrica de lápices que le envió cajas de policromos, acuarelables y difuminos. Así, un hombre de casi un metro noventa, vestido con bombachas, alpargatas y boina, se sentaba frente al televisor a mirar el programa Utilísima para aprender a dibujar. “Hay veces que arranco a las cinco de la mañana a pintar y paro a las cinco de la tarde. Y, de repente, a las once de la noche se me ocurre que hice algo mal; bajo a corregir el cuadro y me quedo una hora o una hora y media más. Es un tema de oficio: cuanto más tiempo estás, mejor te salen las cosas”, contó.

El uso del lápiz se quedó corto al intentar replicar la inmensidad del cielo. Pasó al acrílico, un material de secado rápido que, a fuerza de capas y un oficio obsesivo, logra que el público siempre pregunte si pinta con óleo.

Julio Parada Seifert representando diferentes momentos de la raza Hereford

La historia de su consolidación comenzó con una obra emblemática: “Minga de rodillas”. Impulsado por los dichos de la entonces presidenta sobre las camionetas 4×4 del sector agropecuario, Parada Seifert volcó en el lienzo el clima social de 2008.

Lo primero que pinté fue una camioneta 4×4, como había dicho la expresidenta condenada cuando preguntó qué necesidad tenía la gente de campo de tener camionetas 4×4 de doble cabina. Después apareció muchísima gente: cortes de ruta, un chico abrazado con uno del CASI, chicas muy monas de espaldas, paisanos, mi hijo en skate y un avión con un cartel que decía: “El campo sigue en pie”. De fondo, una estación de servicio que decía: ‘Gasoil $3,60’“, narró sobre la obra que se convirtió en su trampolín.

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“Minga de rodillas”, que representa el conflicto que se convirtió en un emblema para el campo, fue publicada en medios internacionales, como la revista LIFE. Posteriormente, fue adquirida por un gerente general del Banco Nación quien terminó comprándole 14 cuadros más antes de fallecer en la pandemia. A partir de allí, Julio asumió el rol de documentar la realidad rural, tal como lo hizo Cándido López con la Guerra del Paraguay. Sus cuadros se convirtieron en un registro cronológico de la resiliencia del campo.

Un productor con un rodeo de la raza Hereford

“Ese fue el puntapié inicial para seguir adelante. Después llegaron las inundaciones, los incendios y empecé a pintarlos también, porque la idea era documentar todo eso a través de la pintura, como oportunamente hizo Cándido López con la Guerra del Paraguay”, señaló. De esta forma, retrató las inundaciones de 2016 – 2019 que comenzaron en Buenos Aires y luego azotaron el norte y sur de Corrientes, y Entre Ríos.

Contó que pintó el agua tapando las tierras y se unió al vicegobernador correntino para subastar una obra y comprar materiales (tachos de pintura, pinceles) para escuelas afectadas. Además, retrató el fuego y la desesperación. Plasmó a los vecinos del sur correntino saliendo armados, en camionetas viejas y con perros, para defender sus campos de los focos intencionales.

El 9 de Julio en San Nicolás también inmortalizó la manifestación ciudadana bajo el título Haciendo Patria, donde el campo se unió con médicos, maestros y estudiantes. Hoy, el 95% de su obra está dedicada a Corrientes, con destellos de Madariaga, Dolores y Comandante Guerrero.

Retrato de una movilización del campo

Para Julio, pintar el campo no es solo copiar un paisaje, es conocer su idiosincrasia. Para él también, si alguien pinta Corrientes con los esquineros de alambrados bonaerenses, o retrata a un mencho ensillando sin poner el bozal por debajo del freno, es un chanta. Afirmó, observándola, que la riqueza de su obra radica en la exactitud botánica y ganadera, elementos que le permiten a los citadinos transportarse por un instante al campo argentino.

Con información de:

https://www.lanacion.com.ar/

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