No fue casualidad: España conoció la rebeldía del líder que nadie veía

La Argentina había perdido otro Mundial. Lionel Messi había perdido otro Mundial. Y contra Alemania, como en 2006 y en 2010. Dos meses después del mazazo en Sudáfrica, ya sin Diego Maradona como entrenador, Messi volvía a jugar en Buenos Aires con todas las frustraciones en el lomo y justo ante España, su fábrica futbolística, su auténtica nacionalidad, como sospechaban tantos. Sabía que estaría expuesto, otra vez en la cornisa. Mientras los jugadores se acomodaban en el Monumental para cantar el himno se escuchaban raros estallidos, ajenos a lo que ahí estaba sucediendo. La gente, que en el aplausómetro había ubicado a Javier Mascherano, Carlos Tevez y Messi en el podio –así, en ese orden- repartía su atención espiando los monitores en los palcos: la Generación Dorada derrotaba a Brasil para clasificarse a los cuartos de final del Mundial de básquetbol en Turquía. Ellos, los verdaderos héroes.

Con los colores en la piel. El 7 de septiembre de 2010 no fue un partido más para Messi: España, motivo de burlas al

Ese maldito gol que tanto se le había negado a Messi en Sudáfrica –única Copa del Mundo sin gritos- apenas tardó 9 minutos en abrazarlo, cómplice y dulzón. Caprichoso, también. Sería el primer guiño en la tarde del reencuentro. Había estado nervioso los días previos. Algo temeroso frente a las posibles burlas por la nacionalidad del oponente que, además, era el campeón del mundo, la imagen viva de todo lo que la Argentina no podía alcanzar. Pero el gol, ese pique exquisito frente al arquero Pepe Reina, llegó como un aliado anímico. Y, segundos después bajó el coro atronador, como una canción de cuna para él: “¡Olé, Olé, olé/ Messí/ Messí/ Messí!”. Así, con la simpática licencia del acento en el final. Messi se sentía a salvo, no soñaba más.

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Ahí estaban sus amigos Piqué, Fábregas, Iniesta y Busquets que acababan de coronarse campeones del mundo en Johannesburgo. Entonces llegó el primer instante disruptivo en la historia de Messi y la selección. Ya había conocido los elogios desmesurados y las sospechas despiadadas. No podía hacerse el distraído ante la crueldad de los prejuicios. Entonces se le ocurrió el festejo. Visceral. Se golpeó el pecho dos veces, besó el escudo de la AFA bordado sobre el corazón y, por último, dibujó dos grandes círculos en el aire con su índice derecho. Como rúbrica de la obra, llegaba la dedicatoria para todos. ¿Venganza? No. Con el diario del lunes: advertencia. Nunca había sucedido y elegía hacerlo contra España. Pillo, vaya personalidad. Un liderazgo volcánico corría por dentro.

También se anotaron en el marcador Gonzalo Higuaín, Carlos Tevez y el Kun Agüero. El amistoso termino 4-1 en favor de la Argentina frente a una España dispersa, distraída, el equipo de don Vicente del Bosque todavía andaba pasado de festejos. Para Messi se trataba, recién, de su partido 52 en la selección. Parecía que podía sentirse cómodo con la propuesta del recién llegado Sergio ‘Checho’ Batista a la dirección. La salida de la cancha fue precisamente premeditada por el técnico. Cuando Andrés D’Alessandro lo reemplazó a los 89 minutos, el público en Núñez estalló y el crack rosarino se llevó la ovación más grande entre los diez encuentros que hasta entonces había disputado en Buenos Aires.

Piqué en el suelo, el arquero Reina sin explicación y el 10 que arranca la carrera para su festejo; segundos después se lo dedicará a todo el Monumental

¿Messi empezaba a disfrutar del cobijo popular? Nunca había sentido una sensación tan parecida a la plenitud. Quedó como petrificado. Intentó escaparse cabizbajo frente a una adoración inesperada. Podría al menos haber levantado un brazo o devolver algún gesto, pero aquel genio todavía se reservaba toda su expresividad para la cancha. En el campo había dicho todo.

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Ese del 7 de septiembre de 2010 no había sido un partido cualquiera, sino contra España, origen del ridículo desamor. ¿Finalmente había atravesado tantos corazones blindados? No, su calvario apenas comenzaba. Los silbidos de 2011, las tres finales tortuosas de 2014, 2015 y 2016, y el desastre de Rusia 2018… Lo peor estaba por llegar. Claro que lo mejor, también. Messi no creyó en los cantos de sirenas ni en las condenas eternas. Insistió. Reaparece España en su vida y nada es casualidad.

Con información de:

https://www.lanacion.com.ar/

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