De la chicana al silencio: la noche que Londres se apagó y se fue a dormir antes de tiempo

LONDRES.- “Hoy es el turno de Inglaterra”, decía un inglés mientras cruzaban a docenas de argentinos rumbo al partido. La ciudad empezó a acelerarse cerca de las cinco de la tarde. En las calles se mezclaban las emociones, pero por encima de todas asomaba algo parecido al enojo hacia los hinchas argentinos. No abundaba el “buena suerte”: lo que más se veía eran miradas de desprecio, e incluso alguna sonrisa sobradora.

Esta vez, La Malafamera, la fiesta del punto de encuentro albiceleste, tuvo que cambiar de sede para poder alojar a los más de mil argentinos que buscaban un lugar donde alentar a la selección. Adentro no se paró de cantar ni un segundo. La barra servía fernet sin descanso, los bombos no dejaban de sonar y las manos no dejaban de agitarse. Todo eso sucedía en Londres, pero la escena podría haber sido, exactamente, la de una hinchada en la cancha de cualquier club argentino.

La celebración argentina

Pero hubo algo que se mantuvo constante durante todo el partido, incluso después del gol de Inglaterra: no había pánico, en lo absoluto. No se cruzaban miradas de miedo, sino de nervios. Algo se sabía de antemano, que la selección podía (y quería) remontarlo.

Con la desventaja, la gente empezó a moverse: algunos cambiaban de lugar, otros iban al baño, otros miraban un poco hacia arriba y le hablaban a ese Dios que aparece en todos los partidos importantes. Sobre todo, se confiaba. El canto bajó de volumen por primera vez en toda la noche, pero no se cortó del todo: parecía más una pausa para tomar aire que una rendición.

La Malafamera, la fiesta, el punto de encuentro de los hinchas argentinos en Londres

Llegó el gol de Enzo Fernández: un alivio y una exaltación pocas veces vistos. La reacción se disparó hacia los dos extremos posibles, saltar o tirarse al piso. Hubo gritos con desesperación, con sabor a final, y más lágrimas de lo normal. El segundo tiempo hizo que las miradas cómplices entre la gente empezaran a decir, sin palabras, lo que todos pensaban: vamos a meter otro. Y así fue. Los abrazos entre desconocidos sobraron. Aunque entre argentinos que viven afuera nunca se es del todo un desconocido. Parecería que la pasión, la unión y la intensidad se multiplican por mil cuando el país queda tan lejos. Hubo quien lloró sin soltar el vaso de fernet, y quien salió corriendo a buscar a un amigo que habían dejado en otra punta (por cábala) antes de que terminara el partido.

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Cuando la multitud salió a la calle, se encontró con una Londres vacía y en silencio. Como si esos pubs repletos de gente se hubieran esfumado, y de alguna manera todos hubieran llegado ya a sus casas. El contraste fue insólito: adentro, un país metido en un sótano de Londres; afuera, un país que decidía que era hora de dormir.

“Y 32 años después…”, empezó a decir la gente en la calle. Con un cancionero infinito bajo la manga, alguien consiguió un parlante, y se cantó y se bailó durante dos horas sin parar. “Siento un desborde de amor a mi país y un orgullo inmenso de ser argentina, más aún estando lejos. Hay buena voluntad entre todos para que estos eventos salgan bien, y se nota cómo al extranjero le llama la atención nuestra manera de alentar y de celebrar”, cuenta Rosario, de 27 años.

La pasión albiceleste se hizo sentir

Hubo algo, más allá del resultado, que resultó casi tan llamativo como el partido en sí: durante esas dos horas, un pedazo de Londres dejó de ser Londres. No hubo negociación ni permiso de por medio. Los argentinos, lejos de su país, convirtieron una esquina inglesa en una cancha argentina, en el territorio de un rival histórico y el mismo día de su derrota.

Algunos turistas, sentados en un local de comida, miraban la escena como si tuvieran enfrente una película: sacaban fotos, filmaban, y no terminaban de entender del todo lo que estaban viendo. Mientras tanto, los únicos que quedaban en las calles vacías eran los camiones recolectores de basura y algunos locales de comida rápida. Las filas para comprar algo de comer sí tenían camisetas de Inglaterra, y también silencio.

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Los pocos ingleses que se acercaban al tumulto de argentinos lo hacían con buena actitud, y con algo positivo para decir sobre Messi: “Si gana esta Copa, nunca más se puede discutir que es el mejor del mundo”.

Esa esquina, por dos horas, dejó de pertenecerle a nadie más que a los argentinos. Del otro lado de la ciudad, mientras tanto, lo que abundaba era la tristeza, porque, una vez más, it’s not coming home.

Con información de:

https://www.lanacion.com.ar/

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