¿Vale la pena leer los clásicos? Talento y relevancia

¿Qué sentido tiene hoy leer La riqueza de las naciones, de Smith; el Ensayo sobre el principio de la población, de Malthus, o El capital de Marx? La pregunta vale porque llegó a mis manos un ejemplar de El arte de la guerra, escrito por el general chino Sun Tzu. Si la fecha de publicación de la primera edición de los citados “clásicos” en historia del pensamiento económico, hace 250, 228 y 159 años, respectivamente, nos hace dudar, ¿qué podríamos decir de un texto que viera la luz hace aproximadamente 2500 años?

Al respecto conversé con el holandés Arnold Heertje (1934 – 2020), quien nació en el seno de una familia judía. A partir de 1942 fue ocultado en la casa de una familia reformista. Impresionado por sus creencias, pensó en convertirse en sacerdote. Luego de la guerra quiso unirse a la Iglesia Reformista, pero su madre se lo prohibió. A Arnold no solamente le llamó la atención la fe de la familia que lo cobijó, sino también su pobreza. Luego comprobó que la mayoría de las familias que habían ayudado a los judíos a esconderse eran extremadamente pobres. Se preguntó cuál sería la causa de dicha pobreza, y por eso se puso a estudiar economía. Estudió y enseñó en la Universidad de Amsterdam. Recopiló valiosos testimonios de economistas contemporáneos en cuatro pequeños volúmenes, titulados Los hacedores del análisis económico moderno, que publicó en 1993, 1995, 1997 y 1999.

– ¿Qué tamaño tenía su casa, para albergar su biblioteca?

– Junté 12.000 libros científicos, 3000 de los cuales eran especiales (por lo anticuados), como una edición cosida de El capital y una copia de la edición de 1798 de Un ensayo sobre el principio de la población. Le gané a su compatriota Adrián Claudio Guissarri, cuya biblioteca -de 8000 volúmenes- fue donada a la biblioteca de la Ucema, por lo cual ésta lleva el nombre de aquel. Un economista, cuyo apellido no recuerdo, coleccionaba libros. Cuando se quedaba sin dinero vendía su colección a una universidad, y con el dinero que recibía compraba… libros y comenzaba un nuevo ciclo.

– ¿Por qué vale la pena leer los originales?

– El paso del tiempo no perdona. Si una obra se sigue citando, siglos después de haber sido publicada, es porque contiene algo valioso. Las versiones estilizadas, como la que planteó mi compatriota Mark Blaug en La teoría económica en retrospectiva, pueden servir como aproximación, pero sólo la lectura del original permite captar el talento del autor. Lectura y relectura, porque el texto es el mismo pero un mismo lector capta el mensaje de manera diferente, en función de su propia experiencia.

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– No todos los originales son relevantes.

– Cierto. Nadie lee hoy el Ensayo de Malthus porque esté preocupado por la explosión demográfica. Pero no quita que en el futuro lo pueda volver a ser.

– Hábleme del libro de Sun Tzu.

– Se trata de una obra breve, que -como el Manifiesto comunista– es técnicamente un panfleto, en el sentido de que las afirmaciones se postulan, no se demuestran. Ni siquiera son acompañadas por ejemplos. ¿Por qué prestarle atención? Porque se trata de un testimonio, es decir, algo que no surge de los primeros principios sino de su propia experiencia y, probablemente, lo que se sabía entonces.

– ¿Cuál es la esencia de la obra?

– La distinción entre guerra y batalla. La primera es inevitable, el “arte” consiste en vencer sin tener que medir fuerzas en el campo de batalla.

– ¿A quién está dirigido el mensaje?

– A los generales, no a los presidentes o los primeros ministros de los países.

– ¿Y cuál es la herramienta principal para vencer sin pelear?

– El engaño. No solamente del enemigo, sino de las propias fuerzas, las cuales tienen que confiar ciegamente en sus superiores, aunque no conozcan sus planes. El desembarco de Normandía, en 1944, es un buen ejemplo de esto. El texto está lleno de propuestas específicas, por lo cual recomiendo la lectura del original.

– Hábleme de la relevancia del mensaje.

– Un ejemplo. Los agricultores que viven cerca de los campos de batalla se benefician porque para alimentar al ejército se demandan alimentos, lo cual aumenta los precios y los beneficios. Pero el pueblo muere de hambre. Fue lo que vivió Amartya Sen, cuando tenía ocho años, en su Bangladesh natal. Otro ejemplo: cuando un general tiene que atacar debe hacerlo, no importa las instrucciones que recibió de su gobierno. José de San Martín y Manuel Belgrano, en su momento, desobedecieron las instrucciones que tenían. Y tengo muchos más.

– Deme otro ejemplo.

– Sun Tzu aconseja incitar a la acción al enemigo, para descubrir cuál es el esquema general de sus movimientos y decisiones. En lenguaje de la econometría, moverlos para que a través de la información que genera su accionar se puedan resolver los problemas de identificación. En lenguaje televisivo, es lo que hacía el Dr. House, quien no atendía directamente a sus pacientes, sino a través de la interacción con su equipo médico.

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– En la Argentina, en economía, la obra sobre la cual estamos conversando fue citada por Guido José Mario Di Tella.

– Así es. En 1973 Di Tella publicó un libro de ensayos titulado La estrategia del desarrollo indirecto, uno de los cuales se titula exactamente igual al título del libro. Pues bien, en el comienzo de la monografía aparecen un par de citas: una del historiador militar Basil Henry Liddell Hart y la otra de… Sun Tzu.

– ¿Se inspiró en ellas?

– No diría tanto, pero sí que probablemente su pensamiento referido al desarrollo económico de un país lo encontró reflejado en las obras de estos dos autores.

– Explíquese, por favor.

– Flor de atrevimiento el mío, pero tomémoslo al menos como conjetura. La idea básica es que el desarrollo económico no debe surgir tanto de medidas directas cuanto de reglas de juego que lo faciliten o, mejor dicho, que dejen de obstaculizarlo. Claro que, en una economía racionada, si una ley o un decreto otorgan a una empresa o a un sector preferencias en materia crediticia, energética, de acceso a las divisas, se verá “florecer” a dicha empresa o sector. Pero esto no se podrá generalizar al resto de la economía.

– ¿Qué sería plantear el desarrollo indirecto?

– Quitar trabas, emparejar los incentivos, no soñar con que la madurez manufacturera se pueda trasplantar de manera milagrosa.

– No lo quiero poner en un compromiso, pero, ¿no es lo que está tratando de hacer Javier Gerardo Milei?

– No es fácil responder a este interrogante. Pero cualquier reseña de la obra y los dichos de quien, además de autor, fuera canciller argentino entre 1991 y 1999 muestra claramente que Guido no tenía ningún inconveniente en resultar “política o doctrinariamente incorrecto”, porque privilegiaba la sustancia.

– Don Arnold, muchas gracias.

Con información de:

https://www.lanacion.com.ar/

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