La palabra “ídolo” proviene del griego eídōlon, que significa “imagen” o “representación”. En su sentido original, designaba un objeto –por lo general tallado o esculpido– al que le rendían culto porque encarnaba a una divinidad. La estatua de Zeus en Olimpia –una de las Siete Maravillas del Mundo originales–, una escultura de Shiva o una estatuilla dorada de Osiris –el dios egipcio de los muertos– son ejemplos de este tipo de adoración primitiva. Dependiendo el caso, la gente les pedía a estas representaciones de lo sagrado victorias en la guerra, protección frente a las adversidades o un paso seguro del alma al Más Allá.
A mediados de junio, de cara al debut de la selección argentina en el Mundial 2026, apareció en pleno desierto patagónico otro tipo de ídolo: una monumental estatua de Lionel Messi emplazada en Cutral Có. La ciudad neuquina, de poco más de 40.000 habitantes, fue el principal polo petrolero de la provincia antes del auge de Vaca Muerta y pasó a la historia en 1996 como la cuna del piquete, tras las protestas de los trabajadores despedidos de YPF luego de su privatización. Tres décadas después, intenta construir una nueva identidad como “capital provincial de los monumentos”. Ya tiene varios, todos gigantes: un Cristo de 17 metros, una inmensa Última Cena, un enorme Jaime de Nevares.
La nueva obra fue creada por Aldo Beroisa, un artista local. La escultura del futbolista representó el mayor desafío de su carrera: un leviatán de 26 metros, construido en hierro, mortero y fibra de vidrio, que despliega sus 70 toneladas frente a la ruta 22. Su realización demandó 18 meses y estuvo condicionada por el intenso viento patagónico, cuyas ráfagas pueden superar los 100 kilómetros por hora. Esa capacidad de daño obligó a modificar el diseño original, que mostraba a “La Pulga” con los brazos abiertos. Finalmente, Beroisa optó por representarlo en una pose capaz de resistir la violencia del vendaval: de cuclillas, con un brazo extendido hacia el cielo y el otro aferrado a la camiseta número 10 de la Selección, una pose en la que nunca fue retratado. Justo él, que probablemente sea uno de los hombres más fotografiados de la historia.

Como Messi es una celebridad global, las reacciones a la estatua –inaugurada el 24 de junio para coincidir con el cumpleaños 39° del rosarino– no tardaron en llegar desde todo el mundo. Por desgracia, no fueron siempre elogiosas. En un popular canal de streaming, por ejemplo, bromearon con que la pose parecía mostrar a Messi haciendo twerking. También generó polémica la ubicación de la Copa del Mundo: en lugar de sostenerla con las manos, la escultura la exhibe frente al cuerpo, a la altura de una ingle apenas cubierta por una bandera argentina. La crítica más repetida apuntó a su escaso parecido con el máximo goleador de la historia de los Mundiales. “Esto es lo que pasa cuando un fan de Cristiano Ronaldo se convierte en escultor”, escribió un usuario en X. “Messi tiene la peor estatua de la historia”, sentenció otro. “Quizá… tal vez… podrían haber hecho un mejor trabajo”, agregó un tercero. Lejos de ofenderse, Beroisa recibió las burlas con filosofía. “Terminaron siendo buenas porque uno absorbe eso y va aprendiendo. Todo tiene que ver con todo”, dijo en diálogo con LM Neuquén.

¿Pierde un ídolo su poder si no se parece a la deidad que representa? ¿Rezaría alguien con menos fervor ante un Cristo calvo o un Buda enojado? En el desierto de la Patagonia se alza un coloso. Su rostro recuerda vagamente al de un hombre casi imposible que juega una Copa del Mundo al otro lado del continente. Un hombre que, para millones, encarna la promesa de tiempos mejores, de revancha y de sueños cumplidos. Tal vez esa estatua no se parezca a Messi. Tal vez no importe.





