Venezuela, los pasos y el galope

El uso partidista de las relaciones con la Venezuela del régimen autoritario de Nicolás Maduro no contribuye a fortalecer la posición internacional de España en América Latina, una región que, junto con el Mediterráneo y la política europea, debería constituir el núcleo más estable de nuestra acción exterior. Así fue desde el comienzo de la transición hasta el momento en que el giro atlantista de las Azores, fruto de un voluntarismo que mezclaba a partes iguales la ideología y la vanidad, destruyó el arduo trabajo diplomático que llevaron a cabo los tres primeros presidentes de la democracia. Desde entonces, la reconstrucción de la posición alcanzada por España en la última década del siglo pasado nunca ha sido completa. Primero, porque recuperar la fiabilidad y el prestigio una vez que se pierden no resulta fácil en el ámbito internacional. Pero segundo, y más grave, porque la extravagante idea de hacer de España la cabeza de puente de Estados Unidos en la Unión Europea llevó a creer, incluso entre algunos actores destacados de la política exterior, que el interés nacional dependía en exclusiva de las decisiones políticas del gobierno de turno, con independencia de factores más estables como la geografía, el desarrollo económico, las percepciones colectivas o las alianzas consolidadas.

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