Ahora que el régimen de Nicolás Maduro ha perdido para siempre la poca legitimidad que le quedaba, ahora que ha entrado en una deriva represora digna de la vieja tradición del fascismo latinoamericano, muchos compañeros de viaje de la Revolución bolivariana se han puesto a hacer memoria: a recordar lo carismático que era Hugo Chávez, ya que Maduro no lo es; a lamentar que Maduro haya malversado la revolución, que tantas cosas buenas llegó a lograr y prometía; a aceptar que el Gobierno chavista de ahora puede ser corrupto, autoritario y violento, pero hasta la muerte de Chávez era democrático, popular y valiente, pues plantaba cara al imperialismo. Y entonces el fracaso del chavismo —que ha expulsado a más de siete millones de ciudadanos, que ha sumido en la pobreza a uno de los países más ricos de América Latina y que ahora mismo encarcela y amedrenta y persigue para terminar de robarse unas elecciones— es culpa de Maduro, de las sanciones norteamericanas o de la caída de los precios del petróleo, pero nunca de Chávez. No: lo de Chávez iba bien, dicen estas voces; lo que pasa ahora es otra cosa.
Chávez, Maduro y el tigre





